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China, el despertar del Dragon

El gigante dormido ha despertado!.

 

Su espectacular crecimiento -una media anual del 9,5% desde 1980-, el tamaño de su mercado -1.300 millones de habitantes- y las condiciones de producción, con unos salarios muy inferiores a los de Estados Unidos, Europa y Japón, la están convirtiendo en la fábrica del mundo y un gran centro exportador.

 

El año que viene saldrán al mercado laboral 400.000 nuevos ingenieros chinos, frente a 80.000 en India, uno de sus competidores

 

China empezó a abrir sus puertas a Occidente a finales de los setenta y ha acelerado el proceso con su entrada en la Organización Mundial de Comercio (OMC), en 2001. El resultado ha sido un desarrollo económico a un ritmo espectacular -una media de crecimiento del 9,5% desde 1980- que la ha convertido en foco de atención y de preocupación.

 

¿China es una amenaza o es una oportunidad?

 

Según los analistas y los empresarios, es ambas cosas a la vez. Y, sobre todo, es el despertar de un gigante que ha dormido cientos de años y que alberga a 1.300 millones de habitantes, lo que le convierte en el mayor mercado potencial del mundo. Ello, junto al bajo precio de la mano de obra, la amplitud de la jornada laboral, la estabilidad política y una impresionante capacidad para adaptarse a los cambios ha llevado a algunos estudiosos a afirmar que será "la mayor potencia económica del mundo en el horizonte de los años 2020-2030", si sigue creciendo como hasta ahora.

 

Con un producto interior bruto (PIB) de más del doble de España el año pasado, la economía china se sitúa ya entre las seis más grandes del mundo; es la primera receptora de inversión directa exterior, con 53.000 millones de dólares en 2002, y en 20 años ha pasado del número 34 en la clasificación del comercio internacional hasta el número cinco.

 

Para los analistas, China está siguiendo el patrón de un país subdesarrollado y de intensiva mano de obra que empieza a contar con inversiones extranjeras. Pese a su rápido crecimiento está manteniendo una política de bajos salarios y aprovechando esa ventaja competitiva para incrementar fuertemente sus exportaciones. Ese ha sido el motor del fenómeno chino, para el que se han definido tres etapas:

en la primera, en los inicios de la liberalización, el comercio exterior creció a mucho más ritmo que el producto interior bruto;

en una segunda fase ambos fueron más en línea,

y una tercera, la que comenzó en los noventa, en la que el crecimiento de la participación de China en el PIB mundial es similar al crecimiento en la cuota de comercio en el mundo.

 

"Las empresas", dice Andrés Cosmen, presidente del comité bilateral de Cooperación Empresarial Hispano-Chino, "en los años ochenta vinieron a China buscando un centro de producción barato para exportar; luego vieron que China era un gran mercado, y desde hace dos años, cuando se ha intensificado la salida de las empresas chinas, los extranjeros vienen aquí para aliarse con ellas y gozar de sus ventajas competitivas".

 

Así que hay cierto temor a que China se convierta en el país manufacturero del mundo y produzca una masiva deslocalización de empresas. Temor alimentado por el desplazamiento de algunas multinacionales allí IBM ha cerrado una planta en Hungría para ir a China, donde el coste laboral es un 75% más bajo; Philips ha hecho lo mismo y Flextronics ha cerrado en la República Checa- y sobre todo, por el daño que las exportaciones chinas están haciendo a miles de pequeñas y medianas empresas de EE UU, el país que más alto y claro ha expresado su miedo a la competencia china, país con el que mantiene un importante déficit comercial.

 

Para firmas como Goldman Sachs y otras, esos miedos, sin embargo, están injustificados. Uno de sus analistas señala que  

China todavía es un país especializado en exportar productos intensivos en mano de obra, mientras es un gran importador de productos acabados y de recursos naturales.

"Los consumidores del mundo", dice, "se benefician por una parte de unos precios más bajos de producción, y de otra, del aumento de la demanda china. Si se deja que cada parte cumpla su papel, todo el mundo saldrá beneficiado". Añaden que, de momento, no hay datos de que el crecimiento del comercio internacional chino haya provocado un ajuste significativo en las economías de Japón, Estados Unidos o Europa, fundamentalmente.

 

China se está convirtiendo paulatinamente y sin solución de continuidad en la fábrica del mundo. Ningún otro país emergente combina factores como su tamaño; el enfoque práctico hacia la consecución del resultado; la relativa estabilidad política o la gran cantidad de ingenieros y profesionales técnicos altamente cualificados y competitivos -el próximo año saldrán al mercado laboral 400.000 nuevos ingenieros, frente a 80.000 en India-. Además su bajo coste laboral permanecerá durante los próximos 20 a 40 años, gracias, entre otras cosas, a que ha conseguido transportar fábricas a zonas interiores del país con menores costos de producción.

 

Según el Centro de Análisis Prospectia, el 5% de la población china tiene ingresos superiores a los 10.000 dólares anuales, lo que supone que más de 70 millones de habitantes tienen poder adquisitivo suficiente para acceder a productos importados de alta calidad. De hecho, las importaciones chinas crecen a gran ritmo -el 49% los nueve primeros meses-.

 

Los aumentos de la renta per cápita del país, que se situó en 1.000 dólares el año pasado, están trayendo consigo la formación de una clase media en las ciudades que consume teléfonos móviles -hay más de 200 millones-, televisores -más de 400 millones- o Internet, que cuenta ya con más de 60 millones de usuarios. Aunque el consumo interno del país es débil, pese a los esfuerzos del Gobierno para estimularlo, los chinos son cada vez más proclives a consumir productos duraderos. Y prueba de ello son los casi dos millones de automóviles que se venderán este año o el crecimiento del 33% que el sector inmobiliario experimentó el año pasado.

 

Unas cifras espectaculares para un país que tiene ante sí también enormes retos. Entre ellos, la modernización de un sistema bancario poco eficiente y extendido -se estima que sólo el 55% de los ahorros de las familias están en los bancos y el 45% restante se guarda en casa-, la ampliación de la red de infraestructuras, una menor dependencia de la energía exterior y la necesidad de trasladar el excedente de trabajadores del campo -al menos 150 millones de personas- a otros sectores de actividad, al tiempo de dar un mejor uso a la tierra y generar mayores tasas de rentabilidad para mantener el crecimiento y la estabilidad social del campo, casi la tercera parte de la población.

 

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